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25 jun. 2007

¿Hay “clásico de barrio” o no lo hay?

He podido asistir estos últimos días a unos cambios de opiniones sobre la actualidad o no del clásico de barrio ante la posibilidad de que el equipo de la calle Luna o la Av. Caseros volviera después de mucho años a jugar en la división superior del fútbol argentino.

Francamente no he participado porque como dicen los que saben “excusatio non petita accusatio manifesta” . Quiero decir que hablar de algo que no me roza, sobre todo si lo hago con reiteración, y con algo de irritación puede dar a entender que me preocupa más de lo que pretendo sugerir con mis negativas o afirmaciones.

Los amigos del Museo me preguntan como lo veo y que dé mi parecer. Voy a tratar de darlo con sosiego en tiempos en que la gente se crispa demasiado y olvidan la disputa deportiva.

Soy una persona con años, me crié y me fui haciendo mayor en épocas en que el equipo homenajeador de Jorge Newbery no nos ganaba ni a palos. No puedo precisar en cual de las décadas anteriores a la del 50 se produjo esa profunda desigualdad entre un club y el otro. Me temo que fue desde el inicio, desde aquella primera vez en que en el 15 nos enfrentamos por primera vez y les ganamos 3 a 1 para ser precisos. Lo que quiero decir es que desde muy chico escuché lo del “clásico de barrio” (los clásicos sin apellido eran con los otros 4) si bien a la hora de jugar, los partidos no dejaban de ser un trámite siempre a nuestro favor.

Criado en Cobo y Centenera llegué a conocer a algunos hinchas del equipo rival, no eran muchos pero había algunos, negarlo sería estar engañándome. Es más, siendo pibe pude liberar a alguno de los compañeros de juegos de la pesada carga que hubiera supuesto en sus vidas ser hincha de un equipo que, en el barrio, en la vecindad siempre perdía su enfrentamiento. El equipo blanco era una especie de vecino pobre, de esos que por mucho que lo intenten no levantan cabeza. Lo digo con respeto y que nadie vea en mis palabras ni burlas ni odio. El haber crecido en un barrio limítrofe me permite hablar con moderación y, porque no, con cariño por algunos amigos de la juventud (alguno muy querido y que ya no está) que sufrían la pesada carga de vivir siempre en derrota con sus vecinos.

Los años han ido modificando las relaciones y hoy veo con pena que la confrontación se toma con unos niveles de odio y de violencia que en mis años de pibe (y algo más) no se apreciaba. La escalada en las hostilidades ha alcanzado a todo el mundo y lo que antes no pasaba de ser una continuidad de bromas por algo que no admitía discusión hoy alcanza una fiereza impropia de vecinos civilizados; San Lorenzo era, sigue siéndolo, absoluto dominador de la disputa. San Lorenzo tenía y tiene más títulos, más socios, más hinchas y un palmarés incomparable. Convengamos en que el “clásico de barrio” siempre fue asimétrico pero siempre se lo llamó así y tampoco es cuestión de negarlo.

Uno se podría preguntar porque no se estableció el tal “clásico de barrio” con un equipo con el que la estadística fuera más pareja. Se ve que en eso el destino también jugó su carta y la vecindad de las canchas, antes de que el equipo vecino fuera desplazado más allá de su primera ubicación, tuvo un papel exagerado a la hora de la denominación de “clásico”.

De ahí a negar una rivalidad, como algunos pretenden que jamás hubiera existido, me parece un paso demasiado excesivo. Darle la importancia que nunca tuvo el enfrentamiento con la gente de la Av. Caseros me parece, también, otro exceso.

Debemos de reconocer que el culpable en esta disputa devaluada no es en lo absoluto San Lorenzo. Sin ser uno de los equipos protegidos por los poderes de turno (eso podría disparar sospechas y disculpas más o menos legítimas), siempre hemos sido más, hemos ganado más y le hemos ganado a ellos en su casa y en la nuestra. Respecto a las relaciones con el poder convendría no olvidar el origen de su actual estadio. Si a ello se agrega que desde la década de los 80s. tiempo después de nuestra caída que tanto festejaron, los rivales no han hecho mucho para que se les tenga en cuenta para que se pueda hablar de un clásico vigente. En eso llevan razón los que niegan la existencia del tal “clásico de barrio” pero tampoco por ello debemos olvidar el origen de la disputa: especialmente, reitero, la vecindad en aquellos años fundacionales de los 10s y los 20s.

No voy a engañar a nadie, me importa poco su presencia o no en la competición. Espero que llegado el momento la historia siga pesando y transcurriendo como en los últimos 90 años. A decir verdad mi odio (fobalero, se entiende) no está destinado para el vecino pobre, acaso un poco de simpática compasión. Dicho todo lo dicho, con el mayor de los respetos y con total distancia. Creo que las preocupaciones y las aspiraciones de San Lorenzo de Almagro pasan por otros objetivos; no estamos para distracciones de este tenor.

Osvaldo Álvarez

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