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29 ene 2014

Enfrascados en los temas de la organización del encuentro de Sanlorencistas que el día 8 tendrá lugar en Madrid se nos había pasado el aniversario del Cuervo que mejor supo plasmar el sentimiento del sanlorencista alejado. Su deseo incontenible en las madrugadas de los lunes haciendo llamadas a amigos solo para que le dieran el resultado de San Lorenzo porque las monedas caían rápido y no abundaban. Otros tuvimos la idea de la onda corta y la padecíamos también porque era capaz de cortarse 5 minutos antes de ser campeones en Rosario. Nadie debería presumir de que su sanlorencismo y su amor azulgrana es más importante que el de otro pero sin duda, Osvaldo Soriano, lo supo contar como nadie y por eso nuestra peña se llama así en su memoria y en su grandeza. Hasta cualquier momento, Gordo. Siempre te estamos leyendo.

6 ene 2013

Hoy serían 70

Querido gordo, donde quieras que estés desde acá te llamamos y te mandamos un Feliz Cumpleaños. Y seguiremos haciendo que tu nombre perdure en el tiempo!

29 ene 2012

A 15 años de la partida

Hace ya 15 años que se nos fue el entrañable Osvaldo Soriano, el Cuervo que diera nombre a nuestra peña por iniciativa de Martín que a la hora de decidir un nombre acertó de pleno.
Quienes tenemos la fortuna de haber leído alguna de sus emocionantes historias lo recordamos con afecto pero especialmente los que tenemos la fortuna y el orgullo de compartir su gran pasión por el Ciclón de Boedo lo sentimos muy cercano en momentos tan definitivos como los que se acercan.
Que pena no tenerlo en esta parada por la Justicia que supone la Ley de Restitución Histórica para que lo que fue nuestro vuelva a serlo. Seguro que sus "últimas" de P12, sus escritos, entrevistas y libros hubieran fogoneando este reclamo por la Justicia que él tanto defendió y le costó varios años de exilio.
Quienes hemos pasado tantos buenos ratos con la lectura de sus textos y sentimos el orgullo de compartir su pasión futbolera lo sentimos cerca e insuflando fuerzas y entusiasmo para los tiempos difíciles que tiene que afrontar nuestro equipo y para la batalla que el pueblo sanlorencista tiene por delante ante los poderes del Estado y ante el poder de la multinacional que ocupa lo que fuera nuestro lugar en el mundo.


Osvaldo Álvarez

14 abr 2011

Emocionante



Fuente: Página 12

29 jul 2008

Nota de Página 12

Domingo, 28 de Enero de 2007

En cuadritos

La última plancha de la adaptación de Triste..., en la que Marlowe y Soriano se despiden.


La adaptación a historieta de Triste, solitario y final se publicó a partir de julio de 1981, en el nº 8 de la revista Superhumor. Por entonces, Osvaldo Soriano aún no había regresado —en persona y en sus libros— a la Argentina. En la presentación de su figura publicada en aquel número de aquella revista de La Urraca, que incluía un cuento suyo titulado “Donde Genevieve y el Flaco Martínez perdieron sus ilusiones”, se puede leer: “A los 38 años, con cinco de Europa no demasiado elegida, el gordo Osvaldo Soriano, como Carlitos, escribe cada día mejor (...) Lo leen en polaco, portugués, alemán, francés y algún idioma exótico del que no quiero acordarme. A veces solemos leerlo en caste-llano también: alguna crónica en la Humor, este cuento y adaptación memorable, los recortes de sus notas en La Opinión”. Después de aquel primer episodio, el mismo Soriano envió un telegrama de agradecimiento al autor de la adaptación, Sanyu, seudónimo de Héctor Alberto Sanguiliano. Sus adaptaciones a la historieta de cuentos de Arlt, Faulkner y Hemingway, realizadas durante la década del 80, fueron compiladas en el libro Letras escogidas, editado en 1995 por la editorial Doedytores, la misma que anuncia para este año esta versión de Triste, solitario y final. Contactado para esta edición, Sanyu contó el homenaje propio que le hizo hace años: “Algunos meses después de haber publicado Triste..., le hice un homenaje a Osvaldo poniéndolo como el detective protagonista de una historieta con guión mío, basada en una noticia que apareció en un diario sobre una mujer que hizo una denuncia policial contra su vecino porque sospechaba que le había matado a su gato. La ficción de la historieta revelaba, a través de la investigación de Soriano, que en realidad el gato se había suicidado porque la mujer lo había castrado para evitar que se relacionara con una gata del vecindario. En mi historieta, Soriano permite que la gata en cuestión tome venganza contra la mujer”.

En taquilla

Los libros y relatos de Soriano tuvieron varias adaptaciones al cine: ahí están No habrá más penas ni olvido y Una sombra ya pronto serás, dirigidas por Héctor Olivera, y Cuarteles de invierno, por Lautaro Murúa. En el 2005, se estrenó en Europa una adaptación que hizo el español Roberto Santiago del relato “El penal más largo del mundo” (“penalti”, allá). La película está protagonizada por Fernando Tejero y el año de su estreno convocó a más de un millón de espectadores, aunque es lícito sospechar que Soriano, nunca muy conforme con las adaptaciones, no se hubiera puesto contento con ésta. Dos proyectos, obviamente ya imposibles, fueron los que acaso más lo entusiasmaron: llegó a reunirse con Alberto Olmedo, contaba, para que encarnara al cónsul Bertoldi en A sus plantas rendido un león: “Cuando salió el libro, Olmedo me llamó una vez a las tres de la mañana para decirme que lo quería hacer, con su propia gente, lo cual era un disparate aún mayor. Durante diez minutos, me habló de lo buen actor que era el Facha Martel. Es un grande, me decía. Yo le dije que ya había una opción pagada para hacerla, pero que en efecto se había pensado en él para el papel del cónsul. No me creyó demasiado. Tenía una relación muy difícil con los intelectuales y se desvalorizaba mucho”. Con la muerte de Olmedo, un productor llegó a pagar por los derechos para que la versión la dirigiera Lina Wertmüller. Marcello Mastroianni, que murió pocos días antes que Soriano, a fines de 1996, también quería prota-gonizar esa historia. En las líneas de despedida que Soriano le escribió en este diario cuenta que el actor italiano le pidió, durante unos días que compartieron en Colonia, que le hiciera un guión con el personaje de sus sueños: “Un Tarzán viejo y descangallado, impotente, lamentable”.

Bautismos

Un dato curioso es la cantidad ecléctica de lugares, organizaciones y eventos que llevan el nombre de Osvaldo Soriano. Así, por ejemplo, se llama en Mar del Plata el Premio Municipal de Literatura que se organiza desde 1984. Y una plaza de Tandil. Y la Sala de Prensa de San Lorenzo de Almagro. Y una biblioteca inaugurada por un grupo de hinchas del ciclón en una casa ubicada enfrente de donde estaba el viejo Gasómetro. Y una peña sanlorencista de Madrid. Y hasta un equipo de fútbol italiano del que sólo pueden formar parte escritores que hayan publicado, al menos, un libro.


Nota de Página 12 encontrada algún día por Colores.

28 may 2008

25 de Mayo (por Osvaldo Soriano)

22 de mayo por la noche, el coronel Cornelio Saavedra y el abogado Juan José Castelli atraviesan la Plaza de la Victoria bajo la lluvia, cubiertos con capotes militares. Van a jugarse el destino de medio continente después de tres siglos de dominación española. Uno quiere da independencia, el otro la revolución, pero ninguna de las dos palabras serán mencionadas esa noche. Luego de seis días de negociación van a exigir la renuncia del español Cisneros. Hasta entonces Cornelio Saavedra, jefe del Regimiento de Patricios, ha sido cauto: “Dejen que las brevas maduren y luego las comeremos", aconsejaba a los más exaltados jacobinos.
Desde el 18, Belgrano y Castelli, que son primos, exigen la salida del virrey, pero no hay caso: Cisneros se inclina, cuanto más a presidir una junta en la que haya representantes de Fernando VII - preso de Napoleón - y algunos americanos que acepten perpetuar el orden colonial. Los orilleros andan armados y Domingo French, teniente coronel del estrepitoso Regimiento de la Estrella, esta por sublevarse. Saavedra, luego de mil cabildeos, se pliega: “Señores, ahora digo que no sólo es tiempo, sino que no se debe perder ni una hora", dice en la última reunión en casa de Nicolás Rodríguez Peña. De allí en más loa acontecimientos se precipitan y el destino se juega bajo una llovizna en la que no hubo paraguas flamantes ni amables ciudadanos repartiendo escarapelas.

El orden de los hechos es confuso y contradictorio según a qué memorista se consulte. Todos, por supuesto - salvo el pudoroso Belgrano -, intentan jugar el mejor papel. Lo cierto es que el todo Buenos aires asedia el Cabildo donde están los regidores y el obispo. “Un inmenso pueblo", recuerda Saavedra en sus memorias, y deben haber sido más o menos cuatro mil almas si se tiene en cuenta que para más tarde, para el golpe del 5 y 6 de abril de 1811, el mismo Saavedra calcula que sus amigos han reunido esa cifra en la Plaza y la califica de “crecido pueblo".

La gente anda con el cuchillo al cinto, cargando trabucos, mientras Domingo French y Antonio Beruti aumentan la presión con campanadas y clarines que llaman a los vecinos de las orillas. Esa noche nadie duerme y cuando los dos hombres llegan al Cabildo empapados, los regidores y el obispo los reciben con aires de desdén. Enseguida hay un altercado entre Castelli y el cura. “A mí no me han llamado a este lugar para sostener disputas sino para que oiga y manifieste libremente mi opinión y lo he hecho en los términos en que se ha oído", dice monseñor, que se opone a la formación de una junta americana mientras quede un solo español en Buenos Aires. A Castelli se le sube la sangre a la cabeza y se insolenta: “tómelo como quiera", se dice que le contesta.

Cuatro días antes había ido con el coronel Martín Rodríguez a entrevistarse con Cisneros que era sordo como una tapia. “¡No sea atrevido!", le dice el virrey al verlo gritar y Castelli responde muy orondo: “¡y usted no se caliente que la cosa ya no tiene remedio!".
al ver Castelli llega con las armas de Saavedra, los burócratas del Cabildo comprenden que deben sustituir a Cisneros, pero dudan de su propio poder. Juan José Paso y el licenciado Manuel Belgrano esperan afuera recorriendo pasillos, escuchando las campanadas y los gritos de la gente. Saavedra sale y les pide paciencia. El coronel es alto, flaco, parco y medido. El rubio Belgrano, como su primo, es amable, pero se exalta con facilidad. Paso es hombre de callar y tramar pero luego tendrá su gesto de valentía.

Entrada la noche, cuando Fench y Beruti han agitado toda la aldea y repartido muchos sablazos entre los disconformes. Belgrano y Saavedra abren la puerta de la sala capitular para que entren los gritos de la multitud. No hay nada más que decir: Cisneros se va o lo cuelgan. ¿Pero quién se lo dice? De nuevo Castelli y el coronel cruzan la Plaza y van a la fortaleza a persuadir al virrey. Hay un último intento del español que forma una junta incluyendo a Castelli, que tiene cuarenta y tres años y está enfermo de cáncer. Los “duros” rechazan la propuesta y juegan a todo o nada. Cisneros trata de ganarse al vanidoso Saavedra, pero el coronel ya acaricia la gloria de una fecha inolvidable. Quizá piensa en George Washington mientras Castelli se imagina en la Convención francesa. Su Robespièrre es un joven llamado Mariano Moreno, que espera el desenlace en lo de Nicolás Peña.

Entre tanto French, que teme una provocación impide el paso a la gente sospechosa de simpatías realistas. Sus oficiales controlas los accesos a la Plaza y a veces quieren mandar más que los de Saavedra .

Por el momento la discordia es sólo antipatía y los caballos se topan exaltados o provocadores. Al amanecer, Beruti, por orden de French derriba la puerta de una tienda de la recova y se lleva unos rollos de paño para hacer cintas que distingan a los leales de los otros. Alguien lo ve de lejos y nace la leyenda de la escarapela.

Al amanecer, para guardar las formas, el Cabildo considera la renuncia de Cisneros, pero la nueva junta de gobierno ya está formada. Escribe el catalán Domingo Matheu: “Saavedra y Azcuénaga son la reserva reflexiva de la ideas y de las instituciones que se habían formado para marchar con pulso en las transformaciones de la autognosia (sic) popular; Belgrano, Castelli y Paso eran monárquicos, pero querían otro gobierno que el español; Larrea no dejaba de ser comerciante y difería en que no se desprendía en todo evento de su origen español; demócratas: Alberti, Matheu y Moreno. Los de labor incesante eran Castelli y Matheu, aquel impulsando y marchando a todas partes y el último preparando y acopiando a toda costa vituallas y elementos bélicos para las empresas por tierra y agua. Alberti era el consejo sereno y abnegado y Moreno el verbo irritante de la escuela, sin contemplaciones a cosas viejas ni consideración a máscaras de hierro; de ahí arranca la antipatía originaria en la marcha de la junta entre Saavedra y él". Matheu se da demasiada importancia.

Todos esos hombre han sido carlotistas y, salvo Saavedra, son amigos o defensores de los ingleses que en el momento aparecen a sus ojos como aliados contra España.

La mañana del 25, cuando muchos se han ido a dormir y otros llegan a ver “de qué se trata", Castelli sale al balcón del Cabildo y con el énfasis de Saint Just anuncia la hora de la libertad. La historiografía oficial no le reserva un buen lugar en el rincón de los recuerdos. El discurso de Castelli es el de alguien que arroja los dados de la Historia. Aquellas jornadas debían ser un golpe de mano, pero la fuerza de aquellos hombres provoca una voltereta que sacudirá a todo el continente. Dice Saavedra: “Nosotros solos, sin precedente combinación con los pueblos del interior mandados por jefes españoles que tenían influjo decidido en ellos, (…) nosotros solos, digo, tuvimos la gloria de emprender tan abultada obra (…) En el mismo buenos aires no faltaron (quienes) miraron con tedio nuestra empresa: unos la creían inverificables por el poder de los españoles; otros la graduaban de locura y delirio, de cabezas desorganizadas; otros, en fin, y eran los más piadosos, nos miraban con compasión no dudando de que en breves días seríamos víctimas del poder y furor español".

La audacia desata un mecanismo inmanejable. Saavedra e un patriota pero no un revolucionario y no puede oponerse a la dinámica que se desata en esos días. El secretario Moreno un asceta silencioso y torvo, dirige sus actos y órdenes a destrozar el antiguo sistema. Habla latín, inglés y francés con facilidad; ha leído - y hace publicar, censurado - a Jean Jaques Rousseau, conoce bien la Revolución Francesa y es posible que desde el comienzo se haya mimetizado en el fantasma de un Robespièrre que no acabará en la tragedia de Termidor. Otros vinculan su torvo pensamiento con la enseñanzas de la peor inquisición. Castelli está a su lado, como French, Beruti y el joven Monteagudo, que maneja el club de los “chisperos". Todos ellos celebran el culto ateo de “la muerte es un sueño eterno", que Fouché y la ultraizquierda francesa usaron como bandera desde 1772.

Belgrano, que es muy creyente, no vacila en proponer un borrador como apuntes sobre economía para el Plan de Operaciones que en agosto redactará Moreno a pedido de toda la Junta.
Moreno, Castelli y Belgrano son un bloque sólido con una política propia a la que por conveniencia se pliegan Matheu, Paso y el cura Alberti; Azcuénaga y Larrea sólo cuentan las ventajas que puedan sacar y simpatizan con el presidente Saavedra que a su vez los desprecia por oportunistas. Las discordias empiezan muy pronto, con las primeras resoluciones. Castelli parte a Córdoba y el Alto Perú como comisario político de Moreno, que no confiaba en los militares formados en la Reconquista. Es Castelli quien cumple las “instrucciones” y ejecuta a Liniers primero y al temible mariscal Vicente Nieto más tarde.

Belgrano, el otro brazo armado de los jacobinos, va a tomar el Paraguay; no hay en él la ira terrible de su primo, sino una piedad cristiana y otoñal que lo engrandece en los triunfos y las derrotas: en el norte captura a un ejército entero y lo deja partir bajo juramento de no volver a tomar las armas. Manda a sus gauchos desarrapados con un rigor espartano y no fusila por escarmiento sino por necesidad.

Frente a frente, uno de levita y otro de uniforme, Moreno de Chuquisaca y Saavedra de Potosí, se odian con toda el alma. “Impío, malvado, maquiavélico", llama el coronel al secretario de la Junta; y cuando se refiere a uno de sus amigos, dice: “el alma de Monteagudo es tan negra como la madre que lo parió” el primer incidente ocurre cuando los jacobinos descubren que diez jefes municipales están complotados contra el nuevo poder.

En una sesión de urgencia Moreno propone “arcabuceárlos” sin más vueltas, pero Saavedra responde que no cuente para ello con sus armas. “Me bastan las de French", replica un Moreno siempre enfermo, con las mejillas picadas de viruela, que recién tiene treinta y un años. Al presidente lo escandaliza que ese mestizo use siempre la amenaza del coronel French, a quién hace espiar por los “canarios", suerte de buchones manejados por el coronel Martín Rodríguez. Los conjurados salvan la vida con una multa de dos mil pesos fuertes, propuesta por el presidente: “¿Consiste la felicidad en adoptar la más grosera e impolítica democracia? ¿Consiste en que los hombres impunemente hagan que a su capricho e interés les sugieren? ¿Consiste en atropellar a todo europeo, apoderarse de sus bienes, maltratarlo, acabarlo y exterminarlo? ¿Consiste en llevar adelante el sistema de terror que principió a asomar? ¿Consiste en la libertad de religión y decir con toda franqueza me cago en Dios y hago lo que quiero?", se pregunta Saavedra en carta a Viamonte que lo amenaza desde el alto Perú.

Desde fines de agosto, Moreno ha hecho aprobar por unanimidad el secreto Plan de Operaciones que recomienda el terror como método para destruir al enemigo. Ese texto feroz que no se conoció hasta que a fines del siglo XIX Eduardo Madero - el constructor del puerto - lo descubre en los archivos de Sevilla, y se o envió a Mitre. Para entonces , los premios y castigos de la historia oficial ya estaban otorgados y Moreno pasaba por haber sido un intelectual y educador romántico, influido por las mejores ideas de la Revolución Francesa. Pro es la aplicación por Castelli de ese método sangriento lo que asegura el triunfo de la Revolución.

Hasta la llegada de San Martín la formación de los ejércitos se hizo a punta de bayoneta, la conspiración de Álzaga, como la contrarrevolución de Liniers, terminaron en suplicio y los españoles descubrieron, entonces, que los patriotas estaban dispuestos a todo: “Nuestros asuntos van bien porque hay firmeza y si por desgracia hubiéramos aflojado estaríamos bajo tierra. Todo el Cabildo nos hacía más guerra que los tiranos mandones del Virreinato", escribe Castelli antes de ser llevado a juicio.

A principios de diciembre dos circunstancias banales precipitan la ruptura entre Moreno y Saavedra que será nefasta para la Revolución. En la plaza de toros de Retiro el presidente hace colocar sillas adornadas con cojinillos para él y su esposa. Cuando las ve, Matheu hace un escándalo y argumenta que ningún vocal merece distinción especial. Pocos días más tarde, el 6, el Regimiento de Patricios da una fiesta a la que asisten Saavedra y su mujer. En un momento un oficial levanta una corona de azúcar y la obsequia a la esposa de Saavedra. Moreno se entera y esa misma noche escribe el decreto de suspención de honores. Saavedra se humilla y lo firma, pero el rencor lo carcome para siempre. Poco después, el 18 de diciembre, mientras los Patricios se agitan y reclaman revancha para la afrenta civil, el coronel llama a los nueve diputados de las provincias para ampliar la Junta. Moreno - que intuye su fin - no puede oponerse a esta propuesta “democratizadora". El único que tiene el valor de votar en contra es el tímido tesorero Juan José Paso.
Moreno renuncia y en enero de 1811 se embarca para Londres. “Me voy, pero la cola que dejo será larga", le dice a sus amigos que claman venganza. También pronuncia un mal augurio: “No sé, qué cosa funesta se me anuncia en mi viaje". En alta mar se enferma y nada podrá convencer a Castelli, French y Monteagudo de que lo han asesinado: “Su último accidente fue precipitado por la admisión de un emético que el capitán de la embarcación le suministró imprudentemente y sin nuestro conocimiento", cuenta su hermano Manuel, que agrega a la relación de los hechos el célebre “¡Viva mi patria aunque yo perezca!".

Saavedra a liquidado a su adversario, pero la Revolución está en peligro. El español Francisco Javier de Elio amenaza desde la Banda Oriental y no todos los miembros de la Junta son confiables. El 5 y el 6 de abril el coronel Martín Rodríguez con los alcaldes de los barrios junta a los gauchos en la Plaza Miserere y los lleva hasta el Cabildo para manifestar contra los morenistas. Saavedra, que jura no haber impulsado el golpe, aprovecha para sacarse de encima al mismo tiempo a los jacobinos y comerciantes. Renuncian Larrea, Azcuénaga, Rodríguez Peña y Vieytes. Los peligrosos French, Beruti y Posadas son confinados en Patagones. Belgrano y Castelli pasan a juicio por desobediencia y van presos.

Pero Saavedra sólo dura cuatro meses al frente del gobierno y nunca más volverá a tener influencia en los asuntos públicos. Los porteños se ensañan con él y lo persiguen durante cuatro años por campos y aldeas. Nadie tendrá paz: ni Castelli, que muere durante el juicio, ni el propio San Martín, que combate en Chile. Belgrano muere en la pobreza y el olvido, el mismo día de caos en que Buenos Aires cambia tres gobernadores. Rivadavia traiciona a los orientales y todos persiguen a Artigas hasta que se aseguran que los intereses porteños prevalecerán.

Pese a todo, la idea de la independencia queda en pie levantada por San Martín, que se ha llevado como asistente a Monteagudo. Los ramalazos de la discordia duran intactos medio siglo y se propongan hasta hoy en los entresijos de la historia no resuelta.

Relato de Osvaldo Soriano

29 ene 2008

SORIANO - Por Eduardo Galeano

En uno de sus cuentos, Soriano imaginó un partido de fútbol en algún pueblito perdido en la Patagonia. Al equipo local, nunca nadie le había metido un gol en su cancha. Semejante agravio estaba prohibido, bajo pena de horca o tremenda paliza. En el cuento, el equipo visitante evitaba la tentación durante todo el partido, pero al final el delantero centro quedaba solo frente al arquero y no tenía más remedio que pasarle la pelota entre las piernas.
Diez años después, cuando Soriano llegó al aeropuerto de Neuquén, un desconocido lo estrujó en un abrazo y lo alzó con valija y todo:
–¡Gol, no! ¡Golazo! –gritó–. ¡Te estoy viendo! ¡A lo Pelé lo festejaste! –y cayó de rodillas, elevando los brazos al cielo.
Después, se cubrió la cabeza:
–¡Qué manera de llover piedras! ¡Qué biaba nos dieron!
Soriano, boquiabierto, escuchaba con la valija en la mano.
–¡Se te vinieron encima! ¡Eran un pueblo! –gritó el entusiasta. Y señalándolo con el pulgar, informó a los curiosos que se iban acercando:
–A éste, yo le salvé la vida. Y les contó, con lujo de detalles, la tremenda gresca que se había armado al fin del partido: ese partido que el autor había jugado en soledad, una noche lejana, sentado ante una máquina de escribir, un cenicero lleno de puchos y un par de gatos dormilones.
(El texto de Galeano, llamado “El lector” forma parte de su libro Bocas del tiempo. Hoy se cumplen once años de la muerte de Osvaldo Soriano.)

Osvaldo Soriano y el presente

Se cumplen once años de la zarpada de Osvaldo. Esta peña está impregnada de su espíritu aunque alguno aún no haya caído en ello. El Gordo era un tipo bueno, la inmensa mayoría de los hinchas de San Lorenzo lo son y si no, permítanme que me engrupa con esa idea.

Yo no sé lo que diría él de este presente que nos encuentra con pilchas remendadas pero con champagne francés y señoritas caras en una fiesta que nadie sabe quien pagará pero temo que no iría mucho con su forma de ser. No estoy seguro sin embargo; todos, incluido Osvaldo Soriano tenemos este rinconcito irracional a rayas azules y granas en el que nos damos la biaba de los sueños y las pasiones en forma de redonda de cuero y goles.

“Bebamos juntos bebamos que yo quiero con todo este dinero hacer mi carnaval” dice la letra de un tango que recuerda a un payaso ¿Y qué? Déjenme ser un payaso que sueñe con una Libertadores y un gran equipo campeón aunque mi hemisferio racional me advierta en sobresaltos nocturnos que las farras se pagan, tarde o temprano pero se pagan.


Por Osvaldo Soriano y por San Lorenzo los que aquí nos juntamos en esta pasión alejada del nido alzamos nuestras copas, hacemos nuestro carnaval y nos encurdelamos de Ciclón.

De paso les dejamos esta joyita de su amigo Eduardo Galeano que encontramos en Pagina 12.

Osvaldo Álvarez

28 ene 2008

OSVALDO SORIANO: Historias que nunca nos dejan

Nació en Mar del Plata, un día de Reyes de 1943, en una modesta casa de madera sobre la calle Alvear. Hasta allí había llegado su padre, José Vicente Soriano, de origen catalán, para participar como empleado de Obras Sanitarias en la instalación de la red cloacal. Trece años después de ese caluroso día, una fría mañana, José Vicente despertó a su mujer, Eugenia y a su único hijo, Osvaldo, para anunciarles que se trasladarían a Neuquén. Entusiasmado, el hombre alto, de voz temible y pelo blanco, con el infaltable cigarrillo en los labios que lo asemejaba a Dashiell Hammett (el autor de "El halcón maltés"), les dijo que quería probar suerte en los pozos de petróleo en el sur del país. Eugenia y el pequeño Osvaldo lo miraron con resignación y fastidio. No era para menos porque así, de mudanza en mudanza, siempre por motivos laborales del padre, había sido y seguiría siendo la vida de la familia.

Llegaron a Neuquén y un tiempo después alquilaron un chalet en la esquina de Mengelle y Alem, en Cipolletti, donde actualmente funcionan las oficinas de la estatal Aguas Rionegrinas. Para Osvaldo, Cipolletti se presentaba ante sus ojos como "un verdadero Far West", con calles de tierra, sin librerías, con diarios que llegaban con tres días de retraso, ni siquiera un lugar donde escuchar música o ver alguna obra de teatro, y con sólo tres únicos entretenimientos: cine, carreras de motos y fútbol. "Queríamos madurar pronto y triunfar en alguna cosa viril y estúpida como las carreras de motos o los partidos de fútbol", escribió muchos años después en el cuento "Primeros amores", incluido en el libro "Cuentos de los años felices".

Antes de convencerse de que no tenía ningún talento para las pistas, Osvaldo se dio varios coscorrones a bordo de una ruidosa moto en la que portaba orgulloso el escudo de San Lorenzo de Almagro, el club del que era hincha.

No sólo llevaba la pasión por el equipo de Boedo en la moto sino que también la había trasladado a las paredes de su dormitorio. Orgulloso mostraba a sus amigos del barrio las fotos de aquella delantera azulgrana (Facundo, Ruiz, Omar Higinio García, Sanfilippo y Boggi), que sólo conocía por la revista "El Gráfico" o a través de los relatos de LU5 Radio Splendid de Neuquén. Osvaldo no soñaba sólo con jugar al fútbol y llevar el "9" en la espalda, también quería convertirse en relator de ese deporte a la manera de sus ídolos: Fioravanti, Alfredo Arostegui y Osvaldo Caffarelli, con quien intercambiaba cartas.

Discutía con su padre catalán acerca de su futuro: no quería ser ingeniero. A pesar de ello, José Vicente lo acompañaba siempre a los partidos jugara donde jugara, con la infaltable máquina de fotos Laica para retratar al equipo de su hijo. Precisamente su padre era el que ponía el dinero para comprar las camisetas (blancas con una raya roja similar a la de River) del equipo en que jugaba Osvaldo, llamado Defensores de Belgrano, junto a sus amigos Eduardo Garnero, Juan Carlos de Rioja, Juan Honorio, los hermanos Rosauer y Ramón Vásquez... Todos ellos se pasaban las tardes en el parque de la casa de Osvaldo tirando centros para que la metiera de cabeza o de chilena. "Como jugador era un centrodelantero voluntarioso, ponía todo en la cancha", lo definieron sus amigos y el propio Soriano se describió como "un nueve torpe pero goleador, capaz de agujerear la red o desmayar a un perro".

Osvaldo jamás le perdonaría a su padre haber tenido que dejar el fútbol en Cipolletti (también jugó en un equipo llamado Confluencia) y un pedazo de felicidad que es la adolescencia. Fue cuando la familia volvió a mudarse, esta vez a Tandil. Muchos años después, sin haber podido cicatrizar aquel dolor comentó: "El viejo era un luchador y nos llevaba de pueblo en pueblo porque creía que, a pesar de alguna caída, había un mañana mejor para la Argentina. Pero ¿por qué no me preguntó si yo quería vivir en todos los sitios adonde lo llevaba su trabajo?".

Un par de veces, no más de tres o cuatro, ya famoso periodista y escritor volvió a Cipolletti y en uno de esos regresos fugaces describió de esta manera ese universo de juegos y relaciones en uno de sus relatos: "Reconocí la puerta desde donde me llamaba mi madre, el rincón en el que se murió mi perro y el lugar de la calle en donde me atropelló un coche. Ése era mi jardín y ahí estaba mi Rosebud cualunque, erguido entre otros árboles. Si hubiera estado solo me habría subido de nuevo por aquellas ramas".

Fue en Tandil donde después de trabajar en una metalúrgica a los 21 años dio sus primeros pasos como periodista en el diario "El Eco de Tandil". En esa ciudad dejó de pensar que sería jugador de fútbol y decidió ser escritor. "Las dos actividades tenían algo en común: eran perfectamente inútiles pero muy placenteras", afirmó. Y se sumergió de manera caótica en la literatura; primero fueron "Los hermanos Karamazov" de Dostoievski, luego siguió con William Faulkner, Raymond Chandler, Ernest Hemingway...

Mientras escribía en "El Eco de Tandil", Soriano reescribía como ejercicio las notas del diario "La Nación" pero al estilo de las que se publicaban en "Primera Plana", la revista en la que quería trabajar. En una calle tandilense se cruzó con Osiris Troiani, quien formaba parte del staff periodístico de "Primera Plana", y le propuso que escribiera algo sobre la Semana Santa. De inmediato, Soriano se fue a Buenos Aires.

Su estilo fluido, simple y directo pero tan eficaz lo fue forjando desde el oficio periodístico. Su verdadera formación la obtuvo en las redacciones de los diarios y revistas más importantes de la época, como "Primera Plana", "Panorama", "La Opinión", tecleando las viejas máquinas Olivetti al lado de Tomás Eloy Martínez, Juan Gelman, Rodolfo Walsh, Francisco Urondo... Soriano siempre resaltó la experiencia en el diario "La Opinión", en donde trabajó entre 1971 y 1974 dirigido por Jacobo Timerman. Participó además en los dos proyectos que renovaron el periodismo argentino: el semanario "El Periodista" y el diario "Página 12", del que fue uno de sus fundadores.

Con la llegada de la dictadura, "el mal absoluto" como la definió, Soriano marchó al exilio, primero en Bruselas y después en París, en donde junto a Julio Cortázar, Hipólito Solari Yrigoyen y Carlos Gaveta fundó el periódico "Sin Censura", en el que se denunciaban las aberraciones y los crímenes perpetrados por los militares. Regresó al país con el retorno de la democracia. "Osvaldo Soriano fue protagonista de su tiempo histórico. Ni se refugió en la torre de marfil ni colaboró con dictadores ni tuvo doble mensaje con la ética. Pocos tuvieron su conducta en tierra argentina", escribió alguna vez Osvaldo Bayer.

Amante de la novela negra, de Raymond Chandler, Georges Simenon, Graham Greene, devoto de las obras de Roberto Artl, Adolfo Bioy Casares, el fútbol, la actualidad política y la figura de su padre fueron motivos centrales de los relatos que escribió en las contratapas del diario "Página 12" desde mediados de los 80 hasta su muerte, el 29 de enero de 1997, a raíz de un cáncer de pulmón a pesar de que pasó sus tres últimos años de vida con un cigarrillo sin prender en la mano, arrojando la ceniza en un imaginario cenicero...

Una obra sin sombras
Antes de su muerte, Soriano era el escritor argentino de ficción que más libros vendía en el país (dos años antes había firmado un contrato por 500.000 dólares con el grupo editorial Norma), sus obras fueron traducidas a veinte idiomas y tres de ellas llevadas al cine. Fue uno de los escritores argentinos con mayor repercusión popular, pero la academia lo ignoró.

Si bien sus personajes suelen ser perdedores sentimentales, construyó ese mundo con esos personajes vagabundeando en los pueblos pero sin perder el humor, acaso se burlaban de sí mismos pero no negaban su condición.

Devoto del cine y los gatos, estaba fascinado por las sombras y las luchas internas del peronismo, que logró reflejar notablemente en la novela "No habrá más penas ni olvido".

Soriano fue un verdadero creador de climas, retrató metafóricamente la realidad y la sociedad argentina. Con una manera simple de narrar, de contar, con un populismo efectista, incluido un humor negro, que conjugaba con un estilo rápido, seco -como Hemingway- y con diálogos apretados pero llenos de sorpresas.

Por qué no pensar que si escribía fácil y simple se debía a una actitud ética, a una manera de entender la literatura y, por qué no, la belleza literaria.

Los ecos de Raymond Chandler se advierten en esa prosa llena de metáforas poéticas y humorísticas, en diálogos agudos donde se filtra también el absurdo, el disparate, en medio de la peor derrota. Soriano elegía estar siempre del lado de las víctimas, de los perdedores.

Alguien dijo que leer la obra de Soriano es repasar la gran comedia humana argentina y que cada uno de los personajes de sus novelas y relatos tiene un mundo aparte, una historia a punto de estallar.

Uno de los puntos principales a resaltar de la obra de Soriano es que el escritor siempre recurría a ponerse detrás de los personajes que van narrando las historias sencillas. Humaniza a los personajes, los carga de profunda soledad, son la metáfora de los vencidos por las tragedias parti- culares de la historia argentina. Soriano representa la voz de esos hombres que deambulan, que marcan su destino desfavorable.

Es lo que prevalece en "No habrás más penas ni olvido" y en "Cuarteles de invierno". Para algunos "Una sombra ya pronto serás", "El ojo de la patria" y "La hora sin sombra" no tienen la fortaleza de las dos primeras, porque éstas pierden por la reiteración del estilo. Pero hay que rescatar la capacidad y el talento que tenía para pintar los períodos complejos de la historia argentina: el movimiento peronista en "No habrá más penas...", la dictadura militar en "Cuarteles de invierno". Soriano no explica estos procesos, le da al lector el espacio necesario para su interpretación. No se puede calificar su obra como perteneciente a la literatura política pero retrató como nadie el peronismo de los años 70.

Cuando leemos a Soriano podemos sentir el placer que siente el narrador por contar la historia. Es como si el lector sintiera que existe un escritor que tuvo la suerte de estar presente para contarlo o para inventarlo. En su primera novela, "Triste, solitario y final" (1973), Soriano recrea la historia de Laurel y Hardy, los célebres el "Gordo" y el "Flaco", en la que también aparece Marlowe, un detective en decadencia. El "Gordo" y el "Flaco" hacen gala de las derrotas y el detective vive con tierna ferocidad su decadencia. Un periodista argentino deambula sin saber por Hollywood, no sabe para qué llegó allí. Osvaldo se apiada de los vencidos, Stan, Oliver y el personaje de Chandler le agradecen la compasión inmortalizando la historia en una bella obra.

La lucha feroz entre el peronismo de izquierda y el de derecha es el eje de "No habrá más penas ni olvido" (1978). Un fresco de esa contienda en donde aparece una excelente definición: "Yo nunca hice política, siempre fui peronista". En esa historia que se desarrolla en ese pueblo de Colonia Vela, Soriano describe con maestría cada una de las partes de ese movimiento peronista ya fracturado, enfrentado sangrientamente, y al correr sus páginas vamos viendo claramente las acciones del general Perón y de López Rega, "limpiando" el peronismo de izquierda.

En "Cuarteles de invierno" (1983), la soledad y la muerte envuelven las vidas de dos personajes: un boxeador y un cantor de tangos en los años de la dictadura militar. Lo escribió en el exilio, con dos protagonistas: un cantante de tango prácticamente olvidado (Galván) y un boxeador devenido a menos (Rocha), que son quienes describen ese momento histórico de la Argentina. Soriano no denuncia directamente el horror de la dictadura sino que, con una alegoría entre los personajes, metaforiza la historia argentina centrada en el boxeador que representa al pueblo y pierde la pelea contra un teniente primero del Ejército Argentino.

"En estas dos obras -dijo Osvaldo Bayer- está todo lo que era el peronismo, con el amor que tuvo él siempre por la gente humilde que sufrió la persecución. Para mí ésa es la mejor cualidad de él como escritor, el habernos entregado esas dos obras para que las generaciones posteriores conozcan lo que fue el peronismo".

Las desopilantes aventuras de un cónsul argentino en un remoto país africano se pueden disfrutar en "A sus plantas rendido un león" (1986), que el cómico Alberto Olmedo intentó llevar al cine; un libro que refleja el gran estilo y esa perfecta conjugación de melancolía y diversión.

Un hombre que vuelve del exilio encuentra en la ruta a otros compatriotas que quieren irse del país en "Una sombra ya pronto serás" (1990). Clásica novela de carretera. Soriano se pone en el lugar de la lente y observa la Argentina como turista sorprendido. Recorre caminos, se pierde en los pueblos abandonados y da vueltas en círculo sobre la piel del fracaso.

Humor negro, absurdo y realismo feroz se desenvuelven en "El ojo de la patria" (1992), en que Soriano cuenta la historia del cadáver de un prócer argentino enterrado en París y de quien debe traerlo. Novela policial, de espionaje, donde el detective Carré vive en París entre el mundo de la ley, la policía y el delito poniendo su vida en riesgo por la "gran patria argentina".

Después de "El ojo de la patria", publicada en 1992, Osvaldo Soriano sintió que era el momento de escribir una novela en la que el padre fuera uno de los protagonistas. De alguna manera, una extensión de aquellos artículos que aparecían en las contratapas de los domingos de "Página 12". Precisamente "La hora sin sombra" (1995), su última novela, está protagonizada por un escritor que trata de saldar las deudas pendientes con su padre, con las experiencias del pasado, con la vida y con la muerte. Aventura interior que tiene sentido en el reencuentro final. Soriano lo sintetizó mejor: "Un escritor que busca a su padre y se equivoca todo el tiempo y se va dando cuenta de cómo uno puede equivocarse frente al amor".

Sus artículos periodísticos pueden disfrutarse en varios libros: "Artistas, locos y criminales" (1983), artículos aparecidos en el diario "La Opinión" entre 1972 y 1974, "Cuentos de los años felices" (1993), con la relación con su padre, San Lorenzo y los hombres que hicieron la Revolución de Mayo como temas centrales, y "Piratas, fantasmas y dinosaurios" (1996), en donde conjuga el fútbol con personajes de la literatura y simples mortales.

Sin más novelas que leer de Osvaldo Soriano, sin más cuentos ni artículos ni relatos futboleros, sin contratapas de "Página 12", Soriano se extraña. Por eso seguiremos buscando sus ficciones, sus historias, nuestras historias, las historias de la Argentina, de aquellos que deambulan por las rutas, de aquellos que aún sueñan. "Estoy cansado, tengo más edad de la que he confesado y la enfermera se acerca para llevarme a cenar. Acá en París nos acostamos muy temprano y ahora que se acerca el invierno lo único que puedo hacer es mirar viejas películas, leer viejos libros y evocar viejos partidos. No tengan piedad de mí: la memoria, si veraz y violenta, es una materia exquisita", escribió en el final de "Casablanca".

Con los libros de Osvaldo Soriano nunca nos sentiremos tristes y solitarios.
PABLO MONTANARO - diario Río Negro

25 ene 2008

Osvaldo Soriano

Así como nuestro San Lorenzo representa fielmente el sentimiento del club de barrio, ligado sentimentalmente a sus orígenes (a pesar del despojo de los 80), con firme arraigo de pertenencia, y cierto recelo desde los que gozan de las ventajas y prerrogativas de los sectores de poder, la figura de Osvaldo Soriano no dista en demasía de estas grandes líneas generales.

Hijo de un hogar de trabajadores que debieron buscarse la vida en diferentes lugares del país, supo imponer en su vida la pasión literaria que tenía, la que le permitió reflejar ese espíritu de humanidad que lo inundaba, y que le costó más de un problema no sólo desde los sectores intelectuales que pretendieron calificarlo como un literato menor, sino que hasta lo llevaron a tener que abandonar su país.

Ya él personalmente supo explicar perfectamente la pasión futbolera que llevaba y su amor por nuestro club. Es famosa su explicación sobre que “ser de San Lorenzo es un interminable sobresalto; una carga que se arrastra en la vida con tanto desconcierto y orgullo como la de ser argentino”. Perfecto.

Fanático Cuervo, son históricas esas notas con las que describía el Gasómetro, los Matadores, el gol del Nene contra boca (relato en forma de diálogo entre él y Sanfilipo, que describía sus movimientos en medio de las góndolas!, imperdible, emociona leerlo), aunque tal vez por la proximidad en años sea la más famosa la de cómo siguió el Campeonato de 1995.

Amante de los gatos (no concebía la idea de un escritor sin su mascota felina), fue además de escritor, un periodista sin términos medios, no aceptaba las imparcialidades, en total concordancia con su espíritu de fidelidad a sus irrenunciables convicciones personales sobre la sociedad y la vida.

Uno de los mejores homenajes que ha habido a Soriano es un club de fútbol, el “Soriano Football Club”, que fue creado en el 2002 en Italia, en donde para poder formar parte del plantel era requisito haber publicado una novela como mínimo. La perfecta combinación de esas dos pasiones de Soriano, la literatura y el fútbol.

El escritor que cuentan que alguna vez se probó como número 9, murió el 29 de enero de 1997, a los 54 años, después de pelear mucho contra un cáncer de pulmón. Cuentan que en los tres últimos años de su vida vivió con un pucho apagado en la mano, y tirando una ceniza ficticia en un cenicero irreal, que sólo él y su costumbre imaginaban, mientras seguramente buscaba en su mente, nuevos relatos con los que nos hubiera seguido emocionando a todos sus lectores.




Hasta siempre, Gordo.

12 mar 2007

Ernesto Pierro

En un espacio como este que tiene por inspirador a Osvaldo Soriano queremos hacer mención de toda la cultura que implique al sentimiento de San Lorenzo de Almagro.

Boedo siempre fue barrio de letras, de poetas, de vates y de tango. Ernesto Pierro es un poeta de la más reciente generación de tangueros y es un Cuervo de ley, un seguidor empedernido del Ciclón y autor de la letra de un tango que en su título ya lo está diciendo todo. Se llama Calle Butteler y es de una belleza incomparable, un aguafuerte que nos recuerda no solo el nombre de la barra de San Lorenzo sino ese espacio mágico que conforma esa X tan personal del paisaje de Boedo en la confluencia de Av. La Plata y Cobo. El Loco Doval y el Tomate Pena se hacen presentes en esta obra cargada de sentimiento barrial y sanlorencista

Si buscas en es esta dirección http://ibucs.tripod.com/epierro.html podrás conocer al Cuervo Ernesto Pierro y al tiempo, deleitarse escuchando dos de su tangos, el mencionado Calle Butteler musicalizado por Saúl Cosentino y cantado por Carlos Varela y Somos del Sur que interpreta ni más ni menos que el Negro Lavié.

Osvaldo Álvarez

6 mar 2007

Página 12 - Homenaje a Osvaldo Soriano


En el décimo aniversario del fallecimiento de Osvaldo Soriano Página 12, un diario que él ayudó a fundar publicó un suplemento especial en su homenaje. A continuación va una de las notas relacionada con uno de su bares preferidos:


Bar San Lorenzo
Frente al Viejo Gasómetro, el bar de Soriano.


Foto: Gonzalo Martínez


Si una de las pasiones de Osvaldo Soriano fueron los gatos, la otra fue San Lorenzo. Sus amigos todavía lo recuerdan sentado a una mesa del mítico bar San Lorenzo, el viejo café de la esquina de Avelino Díaz y Avda. La Plata, donde al escritor le gustaba saborear un cortado justo antes de cruzarse a la cancha a ver al club de sus amores.
Famoso por su ventanas rectangulares, sus mesas de fórmica, sus baldosas gastadas, sus tostados de miga y sus suculentas minutas del día, el bar San Lorenzo respira nostalgia. Por sus ventanas ahora se ve el inmenso hipermercado de firma francesa. Desde que en diciembre de 1979 se jugó el último partido en el estadio (0 a 0 con Boca) y en 1982, por presión del entonces intendente militar Cacciatore, el club fue cerrado, el café amenazó en convertirse en fantasma del recuerdo de aquella época, cuando el Viejo Gasómetro convocaba todos los domingos a sus fieles seguidores.

Foto: Stock Press

Sin embargo, hace tres años, Eduardo Facián, su último dueño y un cuervo irredento, le dio nuevo impulso al mito. La esquina se llenó de colores, marcos azul eléctrico, paredes mostaza, y hermosos y delicados fileteados donde se leen leyendas que mezclan humor y nostalgia: un angelito desnudo hace flamear la bandera azul y roja, un San Gardel, cigarrillos 43/70, hojitas de afeitar, cerveza Andes y Bidú Cola.
El bar San Lorenzo abrió en la década del ’30 y a pesar del cambio de dueños, siempre se las ingenió para ser meca de sus hinchas y cita obligada de todas sus figuras. Por allí pasaron los vascos Angel Zuvieta e Isidoro Lángara, quienes al ser sorprendidos por la Guerra Civil Española en plena gira decidieron quedarse en Argentina. “Por eso mucha gente de la comunidad española se hizo hincha del club. En los ’40, el San Lorenzo tenía más de 40 mil socios, era el club más grande de Argentina. Fue su época de gloria”, cuenta Adolfo Res, el más ilustrado historiador de San Lorenzo y conductor del programa radial “San Lorenzo, ayer, hoy y siempre”, que tiene una sección especial dedicada a Soriano donde este domingo se le rendirá especial homenaje.
Por el bar también pasaron los “cara-sucias”, el equipo del ’63-’64, donde brillaban el “Bambino” Veira, Fernando Areán, el “Loco” Doval, el “Manco” Casa... “unos atorrantes totales que nunca fueron campeones pero que divertían a la gente”, dice Res. Roberto Telch, Sergio Villar, Rafael Albrecht y Sanfilippo también fueron apasionados habitués; los dos últimos, jugadores favoritos de Soriano y a quienes dedicó un capítulo de Artistas, locos y criminales.
El historiador guarda su recuerdo personal con el escritor en el bar. “Yo era adolescente y con mi padre íbamos mucho a ese café que siempre estaba colmado. Ese día sólo había tres personas sentadas a una mesa que daba a la ochava. Una era Soriano. Por esa época no era un personaje conocido, pero mi padre lo reconoció. Justo había leído Triste solitario y final y se acercó a felicitarlo. Soriano se puso colorado. Debía tener unos 31 años. Era 1974, el año en el que San Lorenzo salió campeón. Tiempo después partió al exilio”, cuenta Res.
Desde el 7 de junio de 2005, Soriano tiene un nuevo lugar en el bar: una placa lo recuerda en una de sus esquinas. Una iniciativa del diputado socialista porteño Roy Cortina para conmemorar el Día del Periodista. La placa le agradece “la creatividad de sus obras, el humor en sus cuentos, el placer que nos brinda su lectura, la pasión por su entrañable San Lorenzo de Almagro..., su compromiso militante y su humildad”.
Ahora, un grupo de hinchas tiene una ilusión para el barrio: que el estadio vuelva a ocupar su lugar original. Mientras tanto, acaso en señal de duelo, el bar “San Lorenzo” sólo cierra los domingos. Soriano hace lobby desde el cielo.


El bar San Lorenzo queda en Avda. La Plata y Avelino Díaz, 4921-4482. Abre, a partir del 1º de febrero, de lunes a sábados de 7 a 20 hs.Hoy de 12 a 13, el programa San Lorenzo, ayer, hoy y siempre (AM 610), conducido por Adolfo Res, rendirá homenaje a Soriano.

25 ene 2007

Soriano por Van der Koy

Soriano comenzó a escribir, fascinado por Jorge Luis Borges, en la soledad de su casa de Tandil. Se descubrió rápidamente como un autodidacta, poseedor del don de la palabra por amor a la lectura y por oficio de periodista surgido en la redacción del diario El Eco de su ciudad. Amante de la novela negra, de Raymond Chandler, Georges Simenon y Graham Greene, entre los gustos nacionales ostentaba, curiosamente -por diferencias de origen y clase-, una verdadera devoción por la obra y la persona de Adolfo Bioy Casares, un autor en sus antípodas. Hijo de un empleado de Obras Sanitarias, Soriano nació el 6 de enero de 1943 y falleció el 29 de enero de 1997, a los 54 años, víctima de un cáncer de pulmón.

"El Gordo" nunca tuvo el molde de un intelectual tradicional. Su personalidad seductora fue la mezcla de una infancia en calles de pueblos del interior y de una adultez en la gran ciudad ligada definitivamente a la literatura. Era un enamorado de la vida y un apasionado del fútbol. "A Osvaldo solo le importaba San Lorenzo y miraba con incomprensión y algo de desdén mis simpatías de porteño por Newell's. Nos unía Perucca, Pontoni, Martino y poco más. Sabía de su entusiasmo pero fui descubriendo su fanatismo con los años. En 1980 viajé a París, donde vivía su segunda época de exilio. Llegué a su apartamento por escalera en una vieja casona del barrio Latino. El baño era una pequeña habitación debajo de esa misma escalera, donde tenía pegado un póster gigante del equipo "Los Matadores" y clavada en la pared una vieja camiseta de San Lorenzo con la número 8. Vio mi cara de sorpresa y entonces pasó un largo rato contando cómo había conocido al legendario Oscar "Coco" Rossi y como le había arrancado ese trofeo que exhibía "en el lugar más placentero de la casa". Mi teléfono sonó desde 1997 siempre puntualmente los domingos a la noche: Osvaldo quería saber cómo había salido San Lorenzo y que chances conservaba. Tenía el fixture del fútbol argentino en París y se iba en conjeturas. De política casi no hablábamos".

Osvaldo Soriano, mucho más divertido, cuenta que exiliado en Francia en 1978 no podía salir y gritarle a un francés ganamos porque el tipo le diría felicitaciones y se iría. También escribió que cuando le contó a Cortázar que San Lorenzo se había ido a la B, Cortázar no lo entendió. "Ese día lloré como si se hubiera muerto mi vieja", escribió Soriano. Hasta el final, Osvaldo Soriano exhibió con orgullo la "hazaña" de no haber escrito nunca ni una línea por la mañana. Le sentía el gusto a la noche de tal manera que su reloj biológico dejaba de funcionar entre las ocho AM y las cuatro PM. "Yo vivo en el horario de los gatos", solía decir, y su relación con esos animales era, más que una simpatía, una integración al universo de la cofradía nocturna.

Soriano fue a las décadas del '80 y '90 lo que Roberto Arlt en los años '30: no sólo fue uno de los escritores más populares de la Argentina, sino el mejor en cuanto a comprender el alma nacional y el alma humana. Quedan sus libros, el hermoso recuerdo de su vida, su pasión por el pueblo, por las cosas populares, pero también por la justicia y su sentido de la ética. Y, claro, su gran amor: su hijo Manuel.

Poco antes de que Soriano muriera se murió la lagartija, una pequeña mascota que cuidaba Manuel, que lloró mucho y le hizo un tremendo entierro con ataúd y todo. Cuando su padre falleció, semanas después, Manuel escribió secretamente una cartita y la colocó junto al cuerpo de Osvaldo. Entonces le pidió, con enorme amor, que se la entregara a la lagartija en el cielo.

  • Van der Koy que era con quien mantenía correspondencia desde París y conocía el sufrimiento de Osvaldo por San Lorenzo. Fue un gran amigo.

Acerca de Osvaldo Soriano

"Los académicos de la literatura argentina, desconocieron siempre a
Soriano, y él lo sabía. En una de nuestras últimas conversaciones telefónicas
cuando él ya sabía que padecía esa cruel enfermedad, lo invité a dar una charla
en la Universidad. Él me agradeció y me dijo: ‘Esto para mí es muy importante,
porque ya una vez me invitaron pero me trataron muy mal. Lo primero que me
preguntaron fue qué grado de preparación tenía para estar ahí. Yo tuve que
responder tengo tercer año del Nacional’. Y ellos sonrieron irónicamente".
(Osvaldo Bayer – escritor -). "Poco antes de que muriera el Gordo, falleció la
lagartija de su hijo, Manuel, que le hizo un tremendo entierro al bicho. Cuando
murió Osvaldo, su hijo le llevó al cementerio una carta para que su papá se la
entregara a ala lagartija, en el cielo."

(Eduardo Galeano – escritor -)

El gordo conoció el exilio durante los años de plomo de la Argentina, su refugio fue una vieja casona en el barrio Latino de Paris. Allí, su baño era una pequeña habitación debajo de una escalera. Frente al Inodoro, sin marco aunque impecable, se lucia una lamina gigante con el equipo de Los Matadores del 68. También una camiseta azulgrana con el numero 8 grabado en la espalda. Era del legendario Oscar Coco Rossi y le fue entregada al Gordo por aquel exquisito half derecho, mundialista en Chile 62. El baño y sus paredes le habían sido reservados a San Lorenzo, porque según propias palabras del Gordo “San Lorenzo merece el lugar mas placentero de la casa”.

Osvaldo Soriano conoció El Gasómetro. Lo descubrió a la distancia, allá en Cipolleti, a través de las fotos de El Grafico. Y supo que los palos de los arcos eran redondos a través de la radio, en los relatos de Alfredo Arostegui. Entonces, el Gordo no era gordo y soñaba con un futuro como futbolista. Se definía “un nueve como los antiguos punta de lanza” y su ídolo absoluto era José Francisco Sanfilippo.

Tendría trece años cuando visito Buenos Aires por primera vez. Se hospedo en la casa de una tía que vivía en la calle Venezuela y atesoraba un sueño: pisar El Gasómetro. El tiempo borro de su memoria el nombre de quien lo llevo a la cancha aquella vez. También el rival de turno, aunque supuso luego que se trato de Quilmes. Entre sus pocas certezas, quedo el resultado: fue 1 a 0. El autor del gol fue el Nene Sanfilippo ¿Quién otro? “Yo miraba salir a los jugadores que conocía de las figuritas y, cuando apareció el petiso, me pareció ver a Jehová y a Mahoma juntos. Después agarro una sola pelota y fue gol”, recordaría durante el resto de sus días.

Una aciaga tarde del 79, presencio el derrumbe del estadio. Frente al alambre que rodeaba el perímetro de la obra, el Gordo no pudo contener las lagrimas al observar los camiones que cargaban los tablones, postes redondos y ladrillos rotos: “Un tipo gordo y sudado me abrió paso entre capataces y vigilantes para que pudiera ver el campo arrasado, el lugar donde Pontoni clavaba las guampas y Sanfilippo la encontraba siempre. Aquel gordo era hincha de Boca y se estremecía con la sola idea de que un día la Bombonera pudiera pasarle lo mismo. Así que se olvido de todas las amarguras que le había provocado la azulgrana y me acompaño hasta el circulo central”, escribía tiempo después.

Durante años, en ese mismo campo del Gasómetro, Soriano vio distintos equipos de un mismo San Lorenzo. Grito goles, festejo campeonatos y soltó mas de un improperio. Solía repetir que la formación que mas lo sedujo fue la del año 72. “Sobre todo porque le hicimos media docena a Racing. Ese día Toto jugo un montón; estaba Cocco, Telch, Veglio, Fischer, el Ratón Ayala ¡Que equipo! Garcia Almeijenda y Chazarreta tenian que quedarse en el banco. Ese día fui a la cancha; un festival, sobraban atacantes, les íbamos ganando seis a cero y confieso una cosa: cuando Racing hizo sus dos goles empecé a pedir la hora. Ya estaba cansado de ver que nos empataran o ganaran partidos imposibles” confesaría luego.

Aun en Paris, cada Domingo por la noche, el Gordo llamaba a la redacción de Clarín para hablar con su amigo Eduardo Van der Kooy, quien tenia como misión informarle los resultados de los partidos. Entonces un amigo suyo, francés y experto en computación, le adelanto que, según el calculo de posibilidades, San Lorenzo se iba inevitablemente al descenso. Esa noche del 81, Van der Kooy lo noto tenoso y fue piadoso: “Te comprendo, están en la B...”, le dijo “Deber haber sido uno de los momentos mas desoladores de mi vida. Fue un dolor que no se puede explicar, porque fue el primero de los equipos grandes que se iba al descenso”, escribiría luego.

Osvaldo el Gordo Soriano supo de paternidades. Desde las tribunas disfruto como pocos cada triunfo ante Boca. Y en casa, crió con amor a su hijo Manuel. En su pesada herencia, le lego sus valores y el amor por la azulgrana. “Todavía me falta contarle que no se elige a un ganador, que ser de San Lorenzo es un interminable sobresalto; una carga que se arrastra en la vida con tanto desconcierto y orgullo como la de ser argentino”, relataría algunos años antes de morir.

Osvaldo El Gordo Soriano, hoy santo en el cielo como en la tierra.

18 ene 2007

San Lorenzo Campeón Clausura1995

No sé si alguna vez les tocó seguir un partido por teléfono a once mil kilómetros de distancia. Mejor dicho; dos partidos al mismo tiempo. A mí sí, ésta es la segunda vez. Solo en la medianoche de París, encerrado en cuarenta metros cuadrados, igual que hace catorce años cuando era joven y San Lorenzo se fue al descenso. ¿Cómo festejo el título ahora? ¿Con quién lo comparto? ¿Qué hago?, ¿cuelgo las doscientas páginas de la novela y me voy a terminar la noche a Pigalle?

Mi hijo Manuel no pudo gozarlo todavía porque se pescó una faringitis que lo tiene durmiendo todo el día. Pucha, tendríamos que haber estado los dos en la cancha, se lo había prometido, le había dicho que nos abrazaríamos con Cheek si fuera necesario. Si había que hacerlo lo haríamos...Qué desastre como diplomático el yanqui... Después del lío que armó no quedaba un solo referí en el mundo capaz de dar un penal para San Lorenzo sin que lo acusaran de estar a sueldo de la Embajada de Estados Unidos. Podían asesinar al Pampa Biaggio en el área sin que nadie se diera por enterado. Durante la inolvidable semana que precedió al partido con nuestros hermanos de Rosario Central, yo me decía: los de Independiente no nos pueden fallar, no van a ir a La Plata a que les bailen en la cara; pero al mismo tiempo los de Gimnasia, si ya hicieron un campañón, no se van a pinchar justo ahora y en su cancha. Y la respuesta que me daba a mí mismo era alentadora: no pueden ganar siempre, no son el Santos de Pelé, alguien los tiene que bajar, ya en el año treinta y tres les robamos un campeonato, porqué no enterrarlos de nuevo si, se sabe, el cartero siempre llama dos veces.

A las once de la noche de Francia la angustia ya me tenía afiebrado y ahora, tres horas más tarde, todavía no se me pasó. Sabrán perdonar los lectores la parcialidad y las tonterías que pueda decir. Estuve hasta recién festejando a gritos, despertando vecinos, tirándome de cabeza en el colchón. ¡Vamos San Lorenzo, carajo! ¡Veinte años después de aquellas campañas inolvidables, el Ciclón vuelve a ser el más grande, el que hizo un estadio nuevo y lo estrenó con un campeonato! Tenía que darse: si uno trabaja como Veira y consigue tener un plantel como éste, y si encima hay algún Dios, y bien, entonces el campeón no podía ser otro (...)

¿A qué se parece eso de ser campeón, pregunta usted? Mire: es algo así como un champán seco y cálido que baja por la garganta. Una cosquilla ahí donde usted quiere. La piel rejuvenece de golpe. En una sola noche a los calvos les crece el pelo y se cura el ardor de estómago. Yo, por ejemplo, usaba anteojos para leer y escribir. Bueno, ya no, ya se curó. Escribo estas líneas de la mano de Dios todopoderoso, veo las letras de San Lorenzo Campeón con la misma claridad con que Beethoven escuchaba más allá de los zumbidos y la sordera. ¿Si me lo esperaba? Tenía la sospecha, mire. Me parecía que esos volantes (Monserrat, Galetto, Netto, Silas) eran los cuatro buenos jugadores que pedía Dante Panzeri para formar un equipo de primera línea. Además estaba Ruggeri, que ya ganó todos los títulos y les transmite a los otros esa cosa ecuménica, ese aire fenomenal que necesitaba tener el bueno de Arévalo para reventarla de punta. Si hubiera estado en lugar del técnico, yo lo hubiera puesto a Rivadero de cuatro, ya sé que no es su puesto pero era un pecado que estuviera afuera. Y le haría un monumento a Passet, que atajó penales, balazos, pedradas, moscardones y todo lo que quisieran tirarle. Muchachos del glorioso Ciclón: gracias por todo. Gracias por no arrugar en el momento crucial. Vuelvan a su casa felices. Esto no será Boca ni River, pero tiene su historia y un corazón grande como una lengua de jabalí. Ya están en nuestra pequeña historia. Dentro de algunos años sus nombres se pronunciarán con el fervor con que hoy decimos los de Martino, Sanfilippo, Telch, Cocco y Albrecht. Y el de un tal Cancino, que hace casi cuarenta años sacó una pelota imposible sobre la raya. Pueden pedir lo que quieran y les será concedido. Ganaron con los colores que yo sólo pude vestir en mis sueños.

Ahora son las tres de la mañana del lunes en París. Voy a llamar para alquilar una pilcha de moda y un Rolls Royce Silver Shadow, como Carlitos Gardel, y ya mismo salgo a incendiar la noche. Que me encuentren borracho en un puente del Sena o en brazos de Margarita Gauthier. ¡Abran cancha , llega un campeón!

Los forzosos de Almagro

San Lorenzo cumplio años. El escritor Osvaldo Soriano fue un hincha fanático del Ciclón y en el 73 publicó un artículo en el diario "La Opinión", en el que relató el nacimiento del club. Años después, Soriano recopiló varias notas que había escrito en esa década y las editó en el libro "Artistas, locos y criminales". Nosotros publicamos el texto del Gordo, titulado "El nacimiento de San Lorenzo de Almagro


(...) Aquella aventura de un puñado de pibes en la primera década del siglo es común al nacimiento de todos los clubes de Buenos Aires. Un fenómeno cultural que ha impregnado la vida argentina y que, en el caso de San Lorenzo, me parece una parábola ejemplar del ful gor y la decadencia de una sociedad.
Cuando hicimos el reportaje, ni Xarau, ni Giannella, ni nadie podía imaginar que nueve años más tarde San Lorenzo perdería su estadio y sus bienes que costaron tantos esfuerzos. Menos aún, que en 1982 tendría que volver a jugar en la B. El nacimiento de San Lorenzo de Almagro. 7 de enero de 1973. A José Rafael Albrecht y José F. Sanfilippo.
Entre los hinchas de San Lorenzo de Almagro que festejaron alborozados la conquista de los títulos de 1972, caminaba un hombre de 79 años, de rostro seco como una cáscara de nuez, de ojos desteñidos que sólo podían permitirse una mirada lejana. No sintió los habituales dolores en el hígado y en la nariz, quebrada sesenta años atrás por un pelotazo. En el bolsillo trasero del pantalón guardaba una billetera de cuero gastado, abrigo de doscientos pesos, un carnet de socio vitalicio de San Lorenzo y una medalla de oro. Nadie lo reconoció, nadie le agradeció nada. Cuando llegó a la pensión de la calle Monte al 3.700, se encerró en su pieza de tres por tres, sacó el calentador de querosén, peló tres papas y las puso a hervir. Se sentó en la única silla, prendió la radio y escuchó cómo la gloria caía sobre un grupo de hombres que se ganan holgadamente la vida con el fútbol.
El no lo dice, pero quizás haya mirado a su alrededor la vieja cómoda, el camastro, el crucifijo en la pared del que cuelgan siempre dos flores que se marchitan.
La voz del locutor cuenta la historia de San Lorenzo, memora nombres rutilantes y menciona a los Forzosos de Almagro. El viejo Francisco Xarau asiente con la cabeza. Recuerda el 1 de enero de 1915: el wing derecho desbordó su punta y tiró al arco, la pelota rebotó en un defensor de Honor y Patria y vino de buscana, justito para la zurda de Xarau; le pegó como venía, buscando el efecto contrario para enderezarla. La pelota rozó con el tiento en la cabeza de un defensor y se clavó en la red. Xarau, veloz, hábil con las dos piernas, lo imprescindible para ser un gran centroforward, corrió a festejar. Lo ahogaron a abrazos. La vieja cancha de Ferrocarril Oeste estaba repleta. La barra de Almagro deliraba. Era la misma alegría que en 1972 sintieron los herederos de aquellos hinchas cuando Figueroa logró el tanto del triunfo frente a River Plate. Aquel gol de Xarau abrió el camino para que San Lorenzo ascendiera a la primera división de la Asociación Argentina de Football. Corrían 37 minutos del primer tiempo. Dos goles más, el último del wing izquierdo Luis Giannella, sellaron el score definitivo: 3 a 0. La barriada de Almagro tenía ya un club que la identificara.Desde entonces, la aventura que había nacido en 1907, en la esquina de México y Treinta y Tres, con el nombre de Forzosos de Almagro, creció hasta alcanzar en 1930 su esplendor.
En la euforia del triunfo, pocos sabían que dos de aquellos pibes que integraron el equipo de los Forzosos, cuando se fundó, en 1907, y cuando ascendió en 1915, están vivos y abandonados por su hijo presuntuoso. Xarau vive en la pobreza de un cuarto. Giannella, de 77 años, está ciego, sordo y apenas puede mover sus piernas. Casi todos los días, como hace 65 años, los dos "muchachos" (así se nombran ellos) se juntan en casa de Giannella -quien vive cuidado por una hija y tiene otro hijo varón-, para recordar aquella época que ya parece una alucinación. Giannella, que no oye ni ve, habla como una ametralladora, se indigna cuando lo interrumpen. Xarau nunca se casó y no se queja demasiado de su soledad: "Siempre tuve problemas -dice-, cosas de la vida". Todo lo que les dejó San Lorenzo fue un carnet para entrar gratis al club y una medalla de oro.
El viejo centroforward opuso resistencia a contar la historia de los Forzosos: "Ya está escrita -argumentó-, la hicieron los investigadores; nosotros la vivimos, no podemos modificarla". Al fin, Xarau y Giannella contaron aquella infancia en el barrio de Almagro junto al cura Lorenzo Massa, quien los dirigió en sus primeros pasos.
El relato de ambos sacó a la luz una circunstancia casi desconocida para los hinchas de San Lorenzo. El nombre del club no proviene sólo de un reconocimiento al padre Massa; se refiere, concretamente, a la batalla ganada por San Martín en 1813.
Giannella: En 1907 la calle México era de tierra, todas las casas eran bajas y modestas y por allí pasaba el tranvía 27. Los pibes jugábamos al fútbol en la calle porque era lo más barato que había. Los de la barra vivíamos en la calle México o en Treinta y Tres. Todos trabajábamos para ayudar en casa. Yo hacía herrería artística en un taller de Avenida La Plata y Rosario. Cuando largaba el trabajo, salía corriendo para juntarme con la barra y hacer el partido. La pelota era mía, de esas de tiento que había entonces, ¿las conoció? Después se la vendí a Federico Monti, que era el cabecilla de la barra, en dos pesos cincuenta. Queríamos formar un cuadro para jugar con los muchachos de otros barrios, así que nos reunimos y empezamos a buscar un nombre. Elegimos Forzosos de Almagro. El primer nombre lo discutimos mucho, pero todos estábamos convencidos de que, al club, había que agregarle a cualquier nombre, el del barrio: Almagro. Algunos queríamos ponerle Almagro solamente, pero por fin le agregamos Forzosos.
Xarau: (...) En 1907 éramos los Forzosos pero no jugábamos todavía contra otros cuadros. Hacíamos partidos entre nosotros, menores contra mayores. Eramos pibes de 12 a 15 años. Me acuerdo que cuando pasaba el tranvía, lo usábamos para hacer rebotar la pelota, lo que ahora llaman "pared".
Giannella: San Lorenzo nació el día que Juancito Abondanza se llevó por delante al tranvía. Estábamos jugando un partido entre mayores y menores en la calle, justo frente a la capilla de San Antonio. El padre Lorenzo Massa salía a la vereda a mirar. En un momento, Juancito agarra la pelota y empieza a disparar como loco. Se cortaba solo y no vio el tranvía, o lo quiso gambetear, la cosa es que se lo tragó. El mótorman alcanzó a frenar pero igual lo golpeó y lo tiró al suelo. El tipo que manejaba y el guarda bajaron furiosos para pegarle a Juancito, pero el pibe era muy ligero y se las tomó mientras los mandaba con madre y todo. Yo estaba parado al lado del padre Massa (...) Cuando escuchó que Abondanza los insultaba a los del tranvía, me dijo: "Pero che, qué barbaridad, qué mal educado es ese pibe". Enseguida me preguntó quién era el cabecilla de la barra. "Aquél", le dije, y señalé al Carbuña. Nosotros lo respetábamos mucho. Federico Monti era un pibe que trabajaba de carbonero -después se hizo albañil-, por eso le habíamos puesto ese apodo. Lo llamó al Carbuña y le dijo: "Mirá, en el fondo de la capilla tengo un lindo terreno. Si ustedes lo limpian pueden hacer una canchita. Yo les hago hacer los arcos en la carpintería de la iglesia de San Carlos. ¿Qué les parece?".
Xarau: Limpiamos el fondo de escombros. Trajimos un carro, y Giannella, Federico Monti, su hermano Juan y yo, nos llevamos muchas cargas de yuyos, ladrillos y otras cosas. Dejamos todo limpito. El cura trajo los arcos con las medidas que le habíamos dado (...)
Giannella: El que puso el nombre de Forzosos fue Luisito Manara, un chico muy bueno que iba a todas partes con nosotros y que se murió enseguida, a los 16 años, de tifus. Cuando discutimos el nombre no teníamos ni la pelota. Luisito decía que el cuadro se tenía que llamar Forzosos de México, porque éramos casi todos de esa calle. Federico Monti dijo que no, que había que ponerle cualquier nombre, pero con Almagro al final, y que eso no podía cambiarse nunca. Entonces quedó Forzosos de Almagro. Con el nombre de Forzosos jugamos apenas dos o tres meses. El primer partido fue contra Estrellas de México, que era un cuadro de ahí cerca, por Castro Barros. Estrenamos unas camisetas color borra de vino que nos trajo el cura Lorenzo. Les ganamos 2 a 1. Xarau hizo un gol de penal. ­Cómo los tiraba! El otro creo que lo metió Julio Maidana. Jugamos muchos partidos y los ganamos todos. En la capilla no perdimos nunca. Le ganamos al Jorge Brown, al Laureles Argentinos, que era de las calles Agrelo y Boedo. Ibamos a los diarios a poner los desafíos, pero no nos querían recibir el papel porque no tenía sello y decían que si no tenía sello no era un club. Como el padre Lorenzo nos obligaba a ir a misa todos los domingos, a la salida hablábamos con los vecinos y juntamos 7 pesos que costaba el sello de goma. En la misa, el padre controlaba muy bien si estábamos todos, porque si no, no había permiso para usar la cancha. Ibamos tantos muchachos a misa que se empezó a llenar de chicas, pero en ese tiempo no nos ocupábamos de mujeres, como hacen ahora.Federico Monti y otros empezaron a decir que había que cambiarle el nombre al cuadro, porque Forzosos era muy feo. Monti me dijo: "Hablá con el padre Massa, elegí un nombre, y si él está de acuerdo, lo cambiamos". Lo agarré al cura cuando salía para ir a San Carlos, que quedaba en Victoria y Yapeyú (hoy Hipólito Yrigoyen y Quintino Bocayuva). Le dije: "Padre, vamos a cambiar el nombre del cuadro". Me preguntó cómo pensábamos llamarlo. "Mire padre -me animé-, le vamos a poner Club Atlético Lorenzo Massa". El cura se agarró la cabeza: "­No! -me dijo-. ­Por favor! Ustedes se pelean en la cancha, les van a decir cuervos, frailongos, no, no". Entonces le insistí: "Federico dice que lo único que no podemos sacar es Almagro, pero lo otro está decidido". No quiso saber nada, así que tuvimos que reunirnos todos en la esquina y buscar otro nombre. Nosotros le queríamos hacer el homenaje al padre y ponerle su nombre al club, así que buscamos una vuelta en el asunto. Alguno se acordó de la batalla de San Lorenzo. Fuimos corriendo y el cura aceptó. "Bueno, si es por la Batalla de San Lorenzo está bien. Que se llame San Lorenzo de Almagro". Esto era en abril de 1908.
Xarau: Yo le voy a contar cómo cambiamos la camiseta y adoptamos la azulgrana, que se usa ahora. Como nosotros no perdíamos ningún partido, el cura nos dijo un día: "El domingo que viene les voy a traer un cuadro bravo a ver si ésos les pueden ganar. También voy a traer dos juegos de camisetas y los sorteamos. Uno es verde y blanco en franjas verticales, el otro rojo y azul, también verticales. La camiseta que tenga el cuadro ganador queda para San Lorenzo". Trajo un cuadro de San Francisco, que tenía unos jugadores bárbaros. Sorteamos las camisetas y nos tocó la roja y azul. Les ganamos 5 a 0. Giannella hizo un gol. Así que nos quedamos con las camisetas azulgrana que se siguen usando ahora. Entonces el cura se convenció de que no perdíamos más y nos hizo entrar en el campeonato de las iglesias, que se llamaba Don bosco. También lo ganamos. Entre tanto, nos íbamos haciendo muchachos grandes.
Giannella: El padre Lorenzo consiguió una cancha en el Parque Chacabuco y nos fuimos a jugar allá, porque ya necesitábamos más. Por el año doce, la municipalidad nos sacó la cancha y no sabíamos qué hacer, así que decidimos irnos a jugar a otros clubes. Xarau y yo nos fuimos a Vélez Sarsfield. Llegamos a la semifinal pero perdimos contra Porteño. Yo no jugué ese día. Al año siguiente terminamos segundos de Floresta y perdimos el ascenso. Si ese año Vélez Sarsfield hubiera subido a primera, San Lorenzo no existiría. En 1914 formamos de nuevo el club San Lorenzo de Almagro y entramos en el campeonato de segunda división. Nos reunimos en la casa de Alberto Coll, en la esquina de Treinta y Tres y Agrelo, y allí instalamos la secretaría del club. Entramos en segunda y ganamos todos los campeonatos del norte, sur, qué se yo. Ganamos el torneo de segunda y teníamos que jugar la final con Honor y Patria, que era campeón de Intermedia. El partido fue en la cancha de Ferro y ganamos 3 a 0. Fue el 1 de enero de 1915. Xarau hizo el primer gol y yo el último. Subimos a primera y, desde entonces, San Lorenzo no descendió nunca.
Xarau: Nos hacía falta cancha. Habíamos juntado cien socios que pagaban una cuota mensual. Empezamos a hacer la cancha en Liniers, sobre un terreno que era del cuadro de Olimpia. Gastamos toda la plata y cuando la terminamos, la municipalidad nos avisó que por ahí iba a pasar una calle asfaltada y nos desalojó. Perdimos todo, una fortuna en ese tiempo, y lo peor es que no teníamos cancha para jugar en primera. Menos mal que el presidente de Ferrocarril Oeste nos alquiló la de ellos. La pagamos con plata nuestra porque también éramos socios del club, y ya teníamos una barrita buena. Cuando entramos en primera, la cosa andaba mejor. Nosotros éramos jugadores y se había formado una comisión directiva. En el año dieciséis nos fuimos a Avenida La Plata, al lugar mismo donde ahora está el club. El padre Massa consiguió alquilar el terreno y empezamos a hacer la cancha. Nosotros íbamos a ayudar a nivelar el terreno, a sacar escombros y todo eso. La hicimos casi en el mismo lugar en que está ahora, un poco más sobre Avenida La Plata, y tenía una tribunita chica, como para cincuenta personas.
Giannella: Mi vieja tiraba la bronca. Decía que todos los que jugaban al fútbol eran unos atorrantes. Yo le contestaba: "Cuando juegue en primera voy a conseguir un trabajo mejor". Claro, me dieron un trabajo en la Unión Telefónica. Yo jugué hasta 1923 (...)
Xarau: Yo me retiré antes, en el dieciocho. Por mi madre y mi hermana. Siempre tuve problemas. No me pude casar porque tenía que cuidarlas. Ya ve donde vivo. El año pasado viví en un ranchito de La Reja. Conservaba recuerdos de la época, pero un día entraron ladrones y se llevaron todo. Soy socio vitalicio de San Lorenzo, tengo el número cinco y mi foto está en la intendencia del club junto a la de los demás. Entro gratis a la cancha. Me conformo. Trabajé seis años como cuidador de las canchas de bochas del club y me daban un sueldito. Tengo una jubilación chiquita y a los setenta y nueve años no puedo esperar mucho.Los que empezamos éramos menos de veinte, los que hicimos el club unos cien y sólo quedamos dos vivos. También queda Silva, que era de las inferiores. Ahora lo único que me queda por delante es la muerte.Mi amargura no es andar solo y tirado, sino que lo que hice no me haya servido de nada. No me refiero al club, que lo hicieron los que vinieron después, sino a la vida. Siempre tuve problemas. Tengo unos sobrinos, pero ellos estan en lo sullo y me parece bien, De los viejos, más vale ni acordarse. Aunque alguna vez tambien hicieron goles.