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25 ene. 2007

Acerca de Osvaldo Soriano

"Los académicos de la literatura argentina, desconocieron siempre a
Soriano, y él lo sabía. En una de nuestras últimas conversaciones telefónicas
cuando él ya sabía que padecía esa cruel enfermedad, lo invité a dar una charla
en la Universidad. Él me agradeció y me dijo: ‘Esto para mí es muy importante,
porque ya una vez me invitaron pero me trataron muy mal. Lo primero que me
preguntaron fue qué grado de preparación tenía para estar ahí. Yo tuve que
responder tengo tercer año del Nacional’. Y ellos sonrieron irónicamente".
(Osvaldo Bayer – escritor -). "Poco antes de que muriera el Gordo, falleció la
lagartija de su hijo, Manuel, que le hizo un tremendo entierro al bicho. Cuando
murió Osvaldo, su hijo le llevó al cementerio una carta para que su papá se la
entregara a ala lagartija, en el cielo."

(Eduardo Galeano – escritor -)

El gordo conoció el exilio durante los años de plomo de la Argentina, su refugio fue una vieja casona en el barrio Latino de Paris. Allí, su baño era una pequeña habitación debajo de una escalera. Frente al Inodoro, sin marco aunque impecable, se lucia una lamina gigante con el equipo de Los Matadores del 68. También una camiseta azulgrana con el numero 8 grabado en la espalda. Era del legendario Oscar Coco Rossi y le fue entregada al Gordo por aquel exquisito half derecho, mundialista en Chile 62. El baño y sus paredes le habían sido reservados a San Lorenzo, porque según propias palabras del Gordo “San Lorenzo merece el lugar mas placentero de la casa”.

Osvaldo Soriano conoció El Gasómetro. Lo descubrió a la distancia, allá en Cipolleti, a través de las fotos de El Grafico. Y supo que los palos de los arcos eran redondos a través de la radio, en los relatos de Alfredo Arostegui. Entonces, el Gordo no era gordo y soñaba con un futuro como futbolista. Se definía “un nueve como los antiguos punta de lanza” y su ídolo absoluto era José Francisco Sanfilippo.

Tendría trece años cuando visito Buenos Aires por primera vez. Se hospedo en la casa de una tía que vivía en la calle Venezuela y atesoraba un sueño: pisar El Gasómetro. El tiempo borro de su memoria el nombre de quien lo llevo a la cancha aquella vez. También el rival de turno, aunque supuso luego que se trato de Quilmes. Entre sus pocas certezas, quedo el resultado: fue 1 a 0. El autor del gol fue el Nene Sanfilippo ¿Quién otro? “Yo miraba salir a los jugadores que conocía de las figuritas y, cuando apareció el petiso, me pareció ver a Jehová y a Mahoma juntos. Después agarro una sola pelota y fue gol”, recordaría durante el resto de sus días.

Una aciaga tarde del 79, presencio el derrumbe del estadio. Frente al alambre que rodeaba el perímetro de la obra, el Gordo no pudo contener las lagrimas al observar los camiones que cargaban los tablones, postes redondos y ladrillos rotos: “Un tipo gordo y sudado me abrió paso entre capataces y vigilantes para que pudiera ver el campo arrasado, el lugar donde Pontoni clavaba las guampas y Sanfilippo la encontraba siempre. Aquel gordo era hincha de Boca y se estremecía con la sola idea de que un día la Bombonera pudiera pasarle lo mismo. Así que se olvido de todas las amarguras que le había provocado la azulgrana y me acompaño hasta el circulo central”, escribía tiempo después.

Durante años, en ese mismo campo del Gasómetro, Soriano vio distintos equipos de un mismo San Lorenzo. Grito goles, festejo campeonatos y soltó mas de un improperio. Solía repetir que la formación que mas lo sedujo fue la del año 72. “Sobre todo porque le hicimos media docena a Racing. Ese día Toto jugo un montón; estaba Cocco, Telch, Veglio, Fischer, el Ratón Ayala ¡Que equipo! Garcia Almeijenda y Chazarreta tenian que quedarse en el banco. Ese día fui a la cancha; un festival, sobraban atacantes, les íbamos ganando seis a cero y confieso una cosa: cuando Racing hizo sus dos goles empecé a pedir la hora. Ya estaba cansado de ver que nos empataran o ganaran partidos imposibles” confesaría luego.

Aun en Paris, cada Domingo por la noche, el Gordo llamaba a la redacción de Clarín para hablar con su amigo Eduardo Van der Kooy, quien tenia como misión informarle los resultados de los partidos. Entonces un amigo suyo, francés y experto en computación, le adelanto que, según el calculo de posibilidades, San Lorenzo se iba inevitablemente al descenso. Esa noche del 81, Van der Kooy lo noto tenoso y fue piadoso: “Te comprendo, están en la B...”, le dijo “Deber haber sido uno de los momentos mas desoladores de mi vida. Fue un dolor que no se puede explicar, porque fue el primero de los equipos grandes que se iba al descenso”, escribiría luego.

Osvaldo el Gordo Soriano supo de paternidades. Desde las tribunas disfruto como pocos cada triunfo ante Boca. Y en casa, crió con amor a su hijo Manuel. En su pesada herencia, le lego sus valores y el amor por la azulgrana. “Todavía me falta contarle que no se elige a un ganador, que ser de San Lorenzo es un interminable sobresalto; una carga que se arrastra en la vida con tanto desconcierto y orgullo como la de ser argentino”, relataría algunos años antes de morir.

Osvaldo El Gordo Soriano, hoy santo en el cielo como en la tierra.

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